Según Rajoy, jefe policial del gobierno del PP, lo que provoca la marginación y la delincuencia es un exceso de inmigración. El policía mayor de Aznar nos sirve un plato picante aderezado con tres ingredientes básicos, la inmigración, la marginación y la delincuencia, como si el cocinero no tuviera nada que ver, ni tampoco la desigualdad y la explotación.
El lepenismo de los herederos del franquismo aflora en los ministros del PP. Hasta aquí nada novedoso. La receta de la derecha en el poder es bien parecida, sea en Francia o aquí. Una ley de extranjería con una cuota de inmigrantes a legalizar, ínfima en relación a las necesidades de reposición del mercado de trabajo; la criminalización por motivos de color, etnia, procedencia, cultura y religión; la condena a ser mano de obra barata sin derechos sociales y políticos, a estar a merced de la arbitrariedad de la violencia y la humillación policíaca. Es decir, ser un ciudadano de cuarta clase, clandestino e ilegal.
Pero tenemos que tomar nota de que el ministro del Interior habla de dos conceptos a los que son sensibles algunas gentes de la izquierda oficial y que no tienen mala acogida entre ciertos sectores de la población: el exceso y la integración de la gente inmigrada. Hace falta superar esta trampa. Ni cuotas ni leyes discriminatorias. Se trata de defender la igualdad de derechos y su incorporación como ciudadanos. Es el mejor antídoto contra el racismo y la xenofobia fomentada desde la derecha y el gobierno.