Llegamos a un 8 de marzo de 2005, y continúan las estadísticas lanzando el clamor de Basta de Violencia. Este año tenemos que repetir que cada cinco días muere una mujer a manos de su marido o compañero, en 51 días hay 11 mujeres asesinadas.
Las mujeres trabajadoras han sido pioneras de la lucha por los derechos de las mujeres, igual que hace cien años en Nueva York, perdiendo la vida por defenderlos, aquí y ahora es necesaria esta implicación del mundo del trabajo en la erradicación de la violencia contra las mujeres.
Hemos estrenado una Ley Integral contra la violencia de género, por la que las Asociaciones de mujeres hemos luchado durante estos últimos años. Mucha gente se pregunta, ¿para que servirá la Ley Integral? ¿Será eficaz contra las muertes?. En este Día Internacional de la Mujer Trabajadora, continuaremos luchando para que sea eficaz, con un seguimiento exhaustivo de su aplicación.
Que la violencia contra las mujeres viene de lejos lo vemos en la misma historia, y se demuestra en que el primer antagonismo de clase fue la opresión del sexo femenino por el masculino, y después todos los sistemas económicos hasta el capitalismo lo han exprimido al máximo, y de hecho dentro de la familia hay en pequeño todos los antagonismos que se desarrollan en la sociedad en general.
Hay numerosos ejemplos de que al sistema capitalista actual le interesa mantener esta estructura patriarcal de la sociedad, que es la causa principal de la violencia contra las mujeres. Esta violencia estructural, que la sociedad y la cultura legitiman de alguna manera a todos los niveles, cuando perviven las discriminaciones más patentes en el mundo laboral:
• La media de edad de salida del mercado laboral en las mujeres en España es de 27 a 28 años. Las mujeres continúan siendo las que soportan la falta de ayudas sociales, las que cuidan de la familia, tanto de los niños como de los mayores. De hecho la palabra familia viene del latín famulus que quiere decir: esclavo doméstico.
• Discriminación salarial tanto por el mismo trabajo que llega al 29%, como por los bajos salarios en los trabajos feminizados.
• Contratos temporales a tiempo parcial son básicamente femeninos.
• El abuso moral y sexual lo sufren sobre todo las mujeres.
Y así escribiríamos una larga lista.
Esta Ley aprobada por una mayoría del Congreso de los Diputados, ahora hemos de hacerla cumplir. Cuando decimos Integral queremos que llegue a todos los aspectos sociales y por tanto al del trabajo, que es uno de los que afecta a un importante colectivo de mujeres que sufren una doble jornada la del trabajo y la de la casa.
Incluso muchos hombres que la han votado o que están de acuerdo en proteger a las víctimas de la violencia doméstica, después no está tan claro que vean esta relación de ir cambiando los mitos culturales y sociales.
Cuando en foros e incluso en algunas empresas se habla de la conciliación de la vida laboral y familiar, siempre se vuelve a caer en la trampa de que esta conciliación sea para las mujeres. Trabajar menos horas para poder continuar trabajando en casa.
Hemos de pasar a compartir la vida laboral y familiar, trabajar hombres y mujeres menos para poder compartir el trabajo de casa. Así las 35 horas son del todo imprescindibles para dar pasos en los derechos de las mujeres.
Que el Estado, la sociedad, ponga los medios para que la mujer no tenga que dejar el trabajo para cuidar la familia, ampliando las escuelas infantiles, las residencias para gente mayor, la asistencia social...
Monserrat Vilà
Presión colectiva
La liberación de la mujer ha empezado a ponerse en marcha a través de su incorporación al trabajo. Los derechos más elementales, como el del voto, o el no depender del padre, hermano o esposo, en el siglo pasado, se han logrado después de muchas luchas y huelgas en el trabajo, donde hemos obtenido una independencia que ha supuesto un paso hacia la rebelión y la libertad.
Hemos de continuar por este camino de la historia reciente. Asociarnos, juntas podemos hacer más fuerza, empezando por los sindicatos, las asociaciones de mujeres en los barrios, los sectores sociales: enseñanza, sanidad, etc.
Todo este movimiento social es el que puede ir cambiando esta sociedad, hacia una sociedad igualitaria, donde tengamos las mismas oportunidades en la toma de decisiones y poder, donde la mujer pase a ser una persona con pleno derecho. Se ha hecho un largo camino en este siglo XX, pero queda aún mucho por recorrer. De momento se han reconocido los derechos, incluso tenemos una ley integral para este 51% de la población, pero como siempre tendremos que conseguir que se cumpla y que se pongan todos los recursos necesarios.
La erradicación y sobre todo la prevención de esta violencia contra las mujeres, está como siempre determinada por la presión que podamos llevar a cabo colectivamente entre todas y todos, desde la base social. Por arriba se ha conseguido una visibilización del problema, una legislación; por abajo tendremos que continuar para que de verdad cambien los parámetros por los cuales es posible esta violencia en el seno de la familia, de la familia burguesa que la Iglesia y sectores de la derecha, defienden a capa y espada, en todos los aspectos más cotidianos: aborto, educación en la religión, educación sexual, etc. Quieren que la mujer continúe esclavizada en casa, incluso en estos tiempos de avances técnicos y económicos en los que la vida puede ser mucho más fácil para la humanidad si cambiamos de manos y socializamos los recursos.
Una revolución
A veces las palabras asustan, pero la lucha por la igualdad de la mujer necesita una revolución. No nos referimos sólo a cambiar las estructuras sociales impuestas por el capitalismo sino también a cambiar las estructuras mentales y patriarcales que hacen pervivir la desigualdad entre los sexos.
Algunos ejemplos. Se calcula que los hombres asumen menos de un 40% del conjunto de las tareas domésticas y sólo entre un 25% y un 35% de las tareas vinculadas a la educación de los niños menores de 7 años.
Las europeas cobran sueldos un 15% inferiores a los de los europeos. La discriminación salarial por razón de sexo apenas ha disminuido dos puntos en los últimos 10 años. Mientras la hora masculina vale cien, la femenina se paga a 85.
En materia de desempleo España se encuentra en penúltimo lugar, seguida de Grecia, con un 7% de diferencia entre sexos, de modo que aunque se ha reducido entre 1998 y 2004 se mantiene a la cola de la Unión. Estonia, Irlanda, Reino Unido y Bélgica en cambio trabajan más mujeres que hombres.
En cuanto a los empleos de media jornada, las mujeres españolas que pueden optar a esta solución suponían en 2004 menos del 20% (3% de los varones), frente a una media europea del 30,4% (6,6% los hombres).
Un análisis reciente publicado por Manpower en España indica que el salario medio de una española es un 34,7% inferior al del hombre y que la distancia puede ser de hasta el 50% en el sector privado. Algunos análisis europeos hablan, además, de que los complementos salariales en especies que las empresas adjudican más habitualmente a los hombres no figuran en las estadísticas. Aún sin ellos, todos los datos indican que los hombres siempre ganan más, y ello a pesar de que la proporción de mujeres altamente cualificadas en el mercado laboral suele ser superior a la de los hombres.
Las empresas suelen alegar, además de la menor dedicación de las mujeres al empleo, su menor preparación. Las estadísticas les desmienten y nuevos estudios demuestran que la tendencia se mantiene incluso contra las jóvenes, más preparadas. El Informe de Juventud en España 2004 constata que el salario medio neto de las mujeres de 15 a 29 años es un 27% inferior al de los hombres en esa misma franja de edad. El 59% de los licenciados españoles en la Universidad pública española son mujeres; pero el porcentaje de catedráticas se hunde hasta el 12,81%.
Las mujeres sufren una doble discriminación en el mercado laboral: la vertical (dificultades para ascender o incluso permanecer en un puesto de trabajo) y la horizontal (ofrecerles trabajo sólo en determinadas áreas, peor pagadas habitualmente). Las mujeres ocupan la mayor parte de los puestos de trabajo en los sistemas sanitarios y educativos y, por supuesto, en general en el sector público, donde habitualmente los sueldos son menores que en el privado. Otro ejemplo de esta segregación horizontal: el 17,7% de las europeas trabaja en pequeñas empresas de menos de diez empleados, mientras que sólo hacen lo mismo el 11,8% de los hombres.
El indicador de "riesgo de pobreza" (menos del 60% de la renta media del Estado miembro) es mayor entre las mujeres en todos los países, salvo en Portugal, donde es igual. En España, que asciende al 20%, se encuentra en sexto lugar de los más altos.
Las diferencias también se ven en la tasa de puestos de responsabilidad. España ronda la media del 30% para las mujeres en la categoría de "encargados" , frente a un 70% para los hombres, sin apenas diferencias desde 1998.
Y todo ello pese a que los resultados educativos son mejores por lo general entre las mujeres que entre los hombres (79,1% éxitos entre las mujeres y 73,8% entre los hombres de media). En España las cifras son menores (70% y 55% respectivamente).
Por otra parte, las mujeres son cada vez más numerosas que los hombres en proseguir sus estudios de formación a lo largo de la vida. El porcentaje de las mujeres graduadas en enseñanza superior pasó al 58% en 2003, debido al elevado nivel de instrucción en los nuevos Estados miembros. Las mujeres representan un 41% de los titulares de un doctorado.
Lo que decíamos más arriba, hay que cambiar radicalmente las cosas, hay que revolucionar la sociedad para lograr un derecho básico: la igualdad real entre hombres y mujeres.