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Palestina, entre dos guerras

Tras días y días de apoyo implícito a la sangrienta ofensiva del ejército israelí en Gaza y Cisjordania, Bush se ha decidido por fin a solicitar una retirada de las fuerzas de ocupación. (Llamamiento diplomático cuyos efectos aún no son visibles en el momento de escribir estas líneas). El mundo ha podido contemplar atónito, sin embargo, lo que concretamente significa para el Estado de Israel el “derecho a defenderse ” que tan repetidamente le ha reconocido su aliado y mentor americano. Llamemos a las cosas por su nombre: estamos asistiendo a uno de los mas trágicos episodios de lo que constituye una auténtica guerra colonial.

Ciudades asediadas, matanzas de población civil, destrucciones masivas, detenciones, deportaciones y torturas, escenas de inusitada crueldad con decenas de muertos y heridos desangrándose en las calles mientras se impide circular a las ambulancias… Ramala o Belén recuerdan hoy siniestramente otros lugares, otras épocas…

Como la casbah de Argel, cuando el ejército francés calificaba de “simple operación policial contra el terrorismo ” una campaña que dejaría tras de sí el rastro de un millón de muertos…y que, a pesar de todo, no conseguiría impedir el acceso a la independencia nacional de la antigua colonia africana.

La brutalidad de la expedición diseñada por Sharon abre los ojos de los más crédulos. Las acciones armadas de la resistencia palestina, algunas de ellas desesperadas, a las que se ha visto empujada por toda la política represiva del gobierno sionista, son mostradas como la justificación de lo que constituía en realidad una estrategia previamente concebida: el aplastamiento militar de la intifada y las aspiraciones palestinas, la ocupación de los “territorios autónomos”… y, a término, la “limpieza étnica” y la plena colonización de Gaza y Cisjordania.

Y todo ello en medio de una permanente tensión de amenaza bélica con el entorno árabe que mantuviera sin fisuras la “unión sagrada” de la sociedad israelí.

Desde luego no ha sido el cinismo de los halcones sionistas lo que ha suscitado reservas en la Casa Blanca, sino el peligroso cariz que han ido tomando los acontecimientos por lo que a los planes de Washington respecto a Oriente Medio se refiere. Y es que Bush planea una guerra de mayor envergadura que la que está librando Sharon contra los palestinos, y tal vez necesita una cierta tregua en esa batalla para poder ultimar sus preparativos. Sólo eso explica los meandros de la diplomacia americana.

Disciplina en la retaguardia

He aquí la condición sine qua non de cualquier empresa militar. Pues bien, eso es justamente lo que está resquebrajando, con su heroica tenacidad, la resistencia palestina. La célebre diatriba de Sharon (“Arafat es nuestro Bin Laden”) no debió desagradar en absoluto al gobierno americano: casaba perfectamente con el maniqueísmo de su cruzada mundial contra el “eje del mal”.

Tampoco hizo pestañear al Pentágono la hipótesis israelí de asesinar al presidente de la Autoridad Nacional Palestina. (Esa clase de “opciones” se discute con toda frialdad en los estados mayores del “eje del bien”). Pero, el problema es que Palestina no se reduce a un puñado de talibanes. Su causa nacional late en el corazón de todo el mundo árabe, que ve en ella el paradigma de sus propias aspiraciones. Ahí reside la verdadera dificultad.

Washington no hace ningún misterio de su voluntad de emprender una guerra devastadora en Oriente Medio, cuyo primer objetivo sería Irak. Pero que sitúa también en su punto de mira a Irán, y que no descarta tampoco la posibilidad de un ataque contra Siria. Es decir, los Estados que, por una u otra razón, se hallan fuera de la órbita del dominio americano sobre la región.

El imperialismo americano parece abocado a ese conflicto en su carrera hacia una indiscutible hegemonía mundial, tanto por razones estratégicas (el control de los recursos energéticos del planeta) como por la necesidad de comprimir sus propias contradicciones internas (un astronómico presupuesto de defensa como motor de una economía que bordea la recesión).

No estamos hablando de un bombardeo puntual, ni de una expedición punitiva “de escarmiento” al estilo de la vieja usanza colonial, sino de una intervención militar a gran escala: en la prensa americana se barajan cifras de hasta 200.000 soldados de infantería, que serían necesarios (“como mínimo”) para derribar a Saddam Hussein, adueñarse de Irak e instaurar un gobierno afín a los intereses americanos.

Es decir, que se trataría de algo mucho más ambicioso que la Guerra del Golfo y, desde luego, con una imparable proyección a nivel regional y mundial. Por disparatados que hoy puedan parecer, hay que tomarse muy en serio las perspectivas que trazan los estrategas de la primera potencia mundial, contemplando la necesidad de acabar midiéndose con China y Rusia como desafío planetario final.

Los planes americanos para Oriente Medio se asemejan en cierto modo a esas muñecas rusas que contienen otras en su interior: sólo que, en este caso, cada aventura militar constituye el preámbulo de un conflicto bélico de crecientes dimensiones.

Miedo y revuelta en el mundo árabe

La crisis de Israel-Palestina actúa como un freno para los designios americanos. Una ofensiva contra Irak requiere una cierta cooperación, neutralidad o connivencia de los gobiernos árabes. Y lo cierto es que pocas veces se les había visto tan atemorizados como ahora. Asustados están, por supuesto, aquellos que se ven designados como enemigos y objetivo del poderío militar norteamericano. Pero no menos temblorosas aparecen las familias reales petroleras de la península arábiga, ni los gobiernos de Beirut, de Jordania o Egipto.

La política de Sharon ha transformado irremisiblemente el conflicto entre el Estado sionista y el pueblo palestino en un conflicto regional… que involucra directamente a Estados Unidos como gran aliado y protector de Israel. Las manifestaciones populares de apoyo a los palestinos -y de protesta por la tibieza de los actuales gobiernos - son las mayores que se han registrado en el mundo árabe desde 1991.

De hecho, los regímenes árabes oscilan entre el temor que les inspira Bush y el miedo cerval que provoca en ellos la voz airada del pueblo. Y así van dando tumbos, de cumbre de la Liga Arabe en reunión de la OPEP, proclamando su “inquebrantable solidaridad” con los hermanos palestinos… pero sin atreverse a romper relaciones diplomáticas con Israel; amenazando a Sharon con palabras huecas… pero rehusando utilizar siquiera el petróleo como elemento de presión.

“¿Cómo es posible acometer una guerra contra Irak, pensarán en Washington, si el patio trasero está en semejantes condiciones?”. Incluso una mente tan limitada como la de Bush ha tenido que percatarse del riesgo que supone emprender una fuga hacia adelante, abocando de golpe a todos los gobiernos “amigos” de la región a una crisis interna de consecuencias imprevisibles.

Palestina está resquebrajando el “frente antiterrorista” del 11 de setiembre, la coalición que facilitó la intervención americana en Afganistán, justo en el momento en que más lo necesita el imperialismo para dar un salto cualitativo en su escalada.

Por eso Estados Unidos ha tenido que apoyar la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU exigiendo la retirada de Israel a las fronteras de 1967 (a la vez que impedía que se formalizara un plazo para su cumplimiento). Por eso Bush ha tenido que desempolvar la perspectiva de un futuro Estado palestino y evocar la paralización de nuevos asentamientos sionistas.

Pero semejante inflexión táctica de la política americana tampoco está exenta de peligros. Y es que el razonamiento sanguinario de Sharon tiene su fundamento: o se aplasta de una vez por todas a los palestinos, o se les inflige “como poco” una derrota tan severa que tarden una o dos generaciones en levantar cabeza…o esta gente va a seguir peleando. De hecho, Israel no ha alcanzado ni mucho menos semejante objetivo.

Pero ha ido lo bastante lejos en la barbarie como para alentar un odio inconmensurable entre las masas palestinas.

Solidaridad efectiva con Palestina

Una vez más, la izquierda de los países occidentales se halla ante la necesidad de ponerse a la altura de estos gravísimos acontecimientos internacionales. Sería irresponsable confiar la defensa del martirizado pueblo palestino a las iniciativas diplomáticas de los gobiernos europeos.

¿Qué va a decir Aznar que pueda contrariar a su admirado Bush? ¡Pero es que Sharon, demasiado atareado con la crispada situación militar en la frontera libanesa, ni siquiera se ha dignado a perder el tiempo hablando con Piqué y Solana! ¡Qué imagen de ridícula impotencia han dado ese par de figurones “comunitarios”!

No, quien tiene que hablar ahora con voz propia es el movimiento obrero, la juventud y toda la ciudadanía que se siente indignada por lo que está ocurriendo en Palestina y que quiere hacer algo para detener la escalada bélica en Oriente Medio. Por mucho que sean aún necesarios para sensibilizar a la opinión pública hasta levantar un auténtico clamor democrático, no bastará con emitir comunicados y manifiestos.

Urge una solidaridad, un apoyo efectivo y práctico hacia el pueblo palestino. Hay que empezar a exigir un boicot comercial, diplomático, de cooperación militar o de cualquier índole, del Estado de Israel en tanto no se retire de los territorios ocupados. Y hay que coordinar esfuerzos sindicales y políticos, en la calle como en las instancias parlamentarias, para hacerlo efectivo y para presionar al conjunto de los gobiernos europeos en ese sentido.

Ese debería ser el primer paso. Y , en ese esfuerzo, la izquierda transformadora, históricamente comprometida con la causa palestina, debe asumir un papel relevante. ¿Es necesario añadir que el tiempo apremia?

Lluís Rabell






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